Río El Murcielaguero

El Murcielaguero forma parte de la cultura penonomeña he aqui su leyenda.

E n el corazón de un hombre nació una vez un monstruoso

amor. Se había enamorado de su propia hija. Una criatuEl monstruo

del murcielagueroEra vino al mundo, y en el momento de salir a la luz, así chirriquitito como estaba, dijo claramente: ¡Maldito sea Dios!

La madre se asustó. No era un niño, un ser humano como

todos, eso que le había nacido. Su figura era tan normal como la

de otros pequeñuelos más, para hablar así, era necesario que

fuese el mismo demonio. Sí, eso era. El niño era el espíritu del

mal. Prorrumpió en llanto. Estaba sola y abandonada. Nadie

había querido acompañarla en el duro trance. Con los ojos cargados de lágrimas miró al pequeño. Éste repitió la frase impía.

Horrorizada la muchacha, sacó fuerzas; cogió al recién nacido y corrió con él hacia el río. Sin pensarlo un segundo, arrojó

en un charco a la criatura.

Apenas el pequeño tocó el agua, sufrió una transformación

espantosa. La piel se le hizo rugosa y áspera; la cara se unió al

cuello, y éste a las espaldas; su boca se alargó de oreja a oreja y

se le saltaron los ojos. Convertido en un monstruo, medio hombre y medio sapo, lanzó un grito ronco y buscó refugio en las

profundidades, tiñendo de negrura las aguas cristalinas.

Pasaron los días. El monstruo metido en su cueva no tenía

otra ocupación que devorar cuanto se ponía a su alcance.

ció en tamaño y corpulencia, y su cerebro perdió toda huella de

humana estructura.

Por ese tiempo, un vecino devoto había donado a la

Inmaculada Concepción, Patrona del Pueblo de Penonomé, dos

campanas de oro que sólo se tañían el día de la Purísima y el

Sábado de Gloria. Sus tonos melodiosos habían seducido a los

indios, quienes tenían en mente apoderarse de aquellas. La empresa parecía fácil. La iglesia no tenía torre y los gustados objetos estaban amarrados a una talanquera.

Una noche en que todo el mundo estaba en lo mejor del

sueño, un grupo de indios entró sigilosamente en el pueblo y

cargaron con las codiciadas prendas. Marchaban a buen paso

creyéndose sus dueños, cuando el movimiento  puso en función

a las campanas que comenzaron a vibrar estruendosamente en

medio de la confusión de los rateros, que no esperaban semejante contingencia. El repiqueteo incesante despertó a los vecinos, que acudieron más que de prisa a rescatar las campanas de

la Virgen.

Los ladrones corrieron con toda la rapidez que se lo permitían

sus piernas y el peso de las campanas, pero sus perseguidores

iban pisándole los talones. En tal aprieto, se dirigieron al río y

antes que pudieran impedírselo, tiraron al agua las campanas,

precisamente en el charco del monstruo. Aligerados de la carga,

se pusieron a salvo, mientras que los vecinos ocupados en el rescate del tesoro, no se preocupaban de seguirlos.

Hábiles nadadores se echaron al río, nada encontraron; pero

los que desde la orilla dirigían la búsqueda, escuchaban el repiqueteo de las campanas de oro. Salían los buzos a la superficie,

y percibían también los sones. Se hundían en el mismo lugar en

donde se escuchaba el sonoro tilín, y oían una especie de rugido. Una fuerza poderosa que venía desde abajo, los llevaba a la

superficie antes de poder buscar las profundidades.

 

Al caer las campanas en el lecho del río, el monstruo que

estaba en su guarida, escuchó el ruido y salió.

cegaron los áureos reflejos. No obstante se acercó a las campanas y comenzó a palparlas. Halló agrado en la ocupación; y

cada vez que al poner sus feas extremidades en la pulida superficie las campanas vibraban, lanzaba bufidos de satisfacción.

Ésos eran los ruidos misteriosos que los nadadores escuchaban

sin poder conocer su procedencia.

El hombre sapo se acostumbró a las campanas. No podía

estar sino cerca de ellas y entendía cada una de sus vibraciones.

Ellas le hablaban en su melodioso lenguaje y él las comprendía

perfectamente.

—No permitas que nos lleven de aquí —oía que le decían—.

Queremos ser tus compañeras.

Cada vez que esto escuchaba, la horrible boca del monstruo

se distendía en una mueca que parecía semejarse a una sonrisa

y emitía gruñidos de contento. Enseguida daba una vuelta en

torno de ellas como indicándoles que estaría siempre vigilante.

Las campanas habían ido a parar al charco del monstruo por

permisión divina. Los ruegos de la madre de aquél, después de

su crimen convertida en una verdadera penitente, habían hallado gracia ante la Reina del Cielo.

—Sé —le había dicho la afligida—, que mi delito no tiene

perdón; pero el ser a quien di la vida no es culpable. Te pido

piedad para él, aun cuando yo sea castigada por toda la eternidad.

Compadecida la Virgen, concedió que las campanas de oro

a Ella ofrecidas, fueran a parar al charco del murcielaguero, en

donde se hallaba el hijo monstruoso de la arrepentida. El pecado de los padres, que cae sobre los hijos hasta la cuarta generación, habría condenado eternamente al hombre sapo, pero la

custodia de las campanas de la Virgen a él encomendada, suspendió la maldición.

A la luz del sol o de la luna, todos siguen viendo las campanas de oro que reposan en el fondo del Zaratí, pero nadie ha

podido rescatarlas. El celoso cuidador vela noche y

que nadie toque el sagrado depósito encomendado a su guarda.

Si algún imprudente atraído por la inquietud de las aguas se

asoma al charco del murcielaguero y comienza a hablar en alta

voz, el monstruo que atisba desde las honduras, empieza a resoplar en forma amenazante. Miles de burbujas suben hasta la

superficie indicativas de su cólera. Ellas son un perentorio aviso de que nadie debe intentar la recuperación de las campanas

de la Virgen. Él tiene la obligación de custodiarlas hasta el día

en que la falta horrible de sus padres, quede enteramente expiada.

 

 

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